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TEMA 3: EL OBISPO: APÓSTOL QUE SANTIFICA A SU PUEBLO

CATEQUESIS PARA PREPARARNOS A LA LLEGADA DEL NUEVO PASTOR

 POR: VICARÍA DE PASTORAL

 

OBJETIVO: Profundizar en la función de santificar que tiene el Obispo como pastor de su pueblo para conocer su relevancia en la liturgia de la Iglesia.

 

ORACIÓN INICIAL: INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO  

Recibe, ¡oh Espíritu Santo!, la consagración perfecta y absoluta de todo mi ser, que te hago en este día para que te dignes ser en adelante, en cada uno de los instantes de mi vida, en cada una de mis acciones: mi Director, mi Luz, mi Guía, mi Fuerza y todo el Amor de mi corazón. Yo me abandono sin reservas a tus divinas operaciones y quiero ser siempre dócil a tus santas inspiraciones. ¡Oh Espíritu Santo!, dígnate formarme con María y en María según el modelo de vuestro amado JESÚS. Gloria al Padre Creador; Gloria al Hijo Redentor; Gloria al Espíritu Santo Santificador. Amén.

 

DESARROLLO DE LA CATEQUESIS

 

“En el ejercicio de su función de santificar, los obispos han de tener presente que están tomados de entre los hombres y constituidos a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, para ofrecer dones y sacrificios por los pecados.  Los obispos, en efecto, poseen la plenitud del sacramento del orden.  De ellos dependen los presbíteros y los diáconos en el ejercicio de su potestad.  Los presbíteros han sido consagrados sacerdotes de la Nueva Alianza para ser colaboradores diligentes del orden episcopal.  Los diáconos, ordenados para el servicio, sirven al Pueblo de Dios en comunión con el obispo y su presbiterio.  Los obispos, por tanto, son los principales dispensadores, promotores y responsables de toda la vida litúrgica.” (CD 15)

 

La vida y la fe de la Iglesia tienen su expresión más plena en la celebración litúrgica en acto.  Ya San Ignacio de Antioquía evidenciaba la importancia de la comunión en la Iglesia diocesana, expresada en la comunión de un único Presbiterio, presidido por un único Obispo:“Procurad, pues, participar de la única eucaristía, porque una sola es la carne de nuestro Señor Jesucristo y uno solo el cáliz que nos une en su sangre; uno solo el altar y uno solo el obispo con el presbiterio y los diáconos, consiervos míos; mirad, pues, de hacerlo todo según Dios” (LH IV Jueves XXVII: Filadelfenses 1,1-2,1; 3,2-5).  Por ello, entre los diversos ministerios y empeños pastorales que atañen al Obispo, uno de los principales es el de la santificación del Pueblo de Dios mediante la celebración de la divina liturgia, por medio de la cual los fieles reciben la participación en la vida de Dios.  En este ministerio se manifiesta con toda claridad el carácter sacerdotal del ministerio del Obispo, que actúa en la persona de Cristo: “En efecto, la función santificante, aunque estrechamente unida por su propia naturaleza a los ministerios de magisterio y de gobierno, se distingue en cuanto es específicamente ejercitada en la persona de Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y constituye la cumbre y la fuente de la vida cristiana” (ApostolorumSuccessores 142).

 

El Obispo es el moderador de la liturgia como pedagogía de la fe, “epifanía del Misterio” (Pastores Gregis 35), es decir, del misterio de Dios, en quien tiene su origen la gracia que nos congrega y nos santifica; del misterio de la Iglesia, Esposa de Cristo asociada al culto divino que es la perfecta glorificación de Dios y la santificación de los hombres (Cfr. SC 7).  Al Obispo le corresponde velar por la correcta celebración de los sagrados misterios en toda la diócesis, de manera que en la celebración litúrgica se exprese en plenitud el misterio de la fe de manera que se cumpla el axioma: “Lo que es normativo para la fe debe establecer también la norma de la plegaria”.

 

No hay celebración válida de los sagrados misterios que no esté vinculada directamente al ministerio capital del Obispo, que preside la iglesia diocesana y en cuyo nombre y autoridad se celebra la liturgia.  Así es como podemos celebrar “en comunión con toda la Iglesia” (“Communicantes” del Canon Romano): porque el ministerio capital del Obispo – ejercido en comunión afectiva y efectiva con el Papa y los demás Obispos (Pastores Gregis 8) – nos une de manera vinculante con la comunión eclesial que se realiza plenamente en la imagen de la Iglesia reunida para el culto divino.  Además, la celebración litúrgica presidida por el Obispo, particularmente la que se celebra en la Iglesia Catedral, se convierte en medida, norma y ejemplo para la celebración litúrgica que presiden los presbíteros.  Por todo lo dicho, se comprende entonces que el Obispo sea la fuente de la vida litúrgica de la diócesis, fuente mediata y sacramental, por la configuración con Cristo propia del carácter episcopal:

“El obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende en cierto modo la vida en Cristo de sus fieles.  Por eso, es necesario que todos concedan gran importancia a la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia tiene lugar en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto a un único altar, que el obispo preside rodeado de su presbiterio y sus ministros.” (SC 41)

 

La Iglesia se entiende como una comunidad evangelizadora: lleva el anuncio de Jesucristo mediante la predicación, el testimonio de vida cristiana y la liturgia.  Sobre ésta última, es necesario resaltar su aspecto profundamente kerigmático y evangelizador; en el corazón de la liturgia cristiana se encuentra Jesucristo: el signo sacramental tiene como contenidoa Jesucristo.  La liturgia es en sí misma expresión y contenido de la Tradición: “Porque yo recibí del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, la noche en que fue entregado… Pues cada vez que coméis este pan y bebéis esta copa, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (1Cor 11,23-26).  Por ello, en la liturgia eucarística se aclama después de la consagración: “Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección.  ¡Ven, Señor Jesús!”. De ahí la importancia que tiene entre los ministerios del Obispo, la función de santificar: “El Obispo no sólo anuncia con la predicación de la palabra las promesas de Dios y abre caminos hacia el futuro, sino que anima al Pueblo de Dios en su camino terreno y, mediante la celebración de los sacramentos, prenda de la gloria futura, le hace pregustar su destino final, en comunión con la Virgen María y los Santos, en la certeza inquebrantable de la victoria definitiva de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte, así como de su venida gloriosa” (Pastores Gregis 33).  No puede haber auténtica vida cristiana sin sacramentos y sin la expresión litúrgica de la fe.

 

ORACIÓN FINAL

ORACIÓN PARA PEDIR OBISPO

Señor, Tú que elegiste a tus Apóstoles como continuadores de tu obra de salvación, y dispensadores de tus misterios, te pedimos que envíes a nuestra Iglesia Diocesana un Buen Pastor, que anuncie con alegría el Evangelio, que sea Padre y que vaya en busca de la oveja perdida y cure la herida.

Danos un Pastor sensible a la realidad de nuestro pueblo que sufre por la inseguridad y la violencia; concédele sabiduría para que consuele, acompañe a las víctimas y promueva el trabajo por la paz.

Que sepa guiar con amor y paciencia el rebaño a él confiado en tu nombre; que sea ejemplo para sus hermanos en el ministerio sacerdotal, un verdadero Maestro y Guía de tu pueblo Santo.

Amén

 

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