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Mensaje de Navidad 2016

Los saludo a todos con mucho cariño en esta celebración tan sentida por el Pueblo de Dios: la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo.

El Misterio de Dios que, por amor a nosotros, se hizo hombre sigue iluminando poderosamente el camino de la humanidad.

La riquísima liturgia de esta fiesta, con su exquisita variedad de oraciones y atinada selección de las Lecturas de la Palabra de Dios, nos ayuda a comprender mejor, guiados, precisamente, por las Sagradas Escrituras, la asombrosa novedad del amor que Dios nos tiene y que nos ha manifestado en su Hijo, Jesús, el Cristo, enviado a rescatarnos de las tinieblas del mal y del pecado para llevarnos al Reino admirable de su luz.

La Navidad es, en efecto, la fiesta de la luz, no sólo la exterior y ornamental, sino sobre todo la que alumbra el interior de cada ser humano y enciende su corazón de alegría y esperanza. Con justa razón oímos, en el Evangelio según San Juan, decir al Señor: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8, 12).

Reiteradamente en la liturgia de la fiesta de Navidad se nos habla del paso de la oscuridad a la luz. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras una luz resplandeció” anuncia el profeta Isaías (Is 9,2).

El pecado, que paga con la muerte, es la tierra de sombras. Es el destierro donde, esclavizados por el enemigo de la humanidad, se nos arrebata nuestra dignidad y se desfigura nuestra naturaleza de personas humanas; es donde convertidos en auténticos guiñapos, nos sumergimos en el dolor infecundo, en la tristeza y apocamiento de ánimo, en el resentimiento y la envidia enfermizos, en el deseo de venganza, en la complicidad cobarde, en la avaricia y ambición homicidas y absurdas, en la claudicación y el sometimiento al mal.

Sin embargo, como antaño, como siempre, Dios no se rinde y va, una vez más, por su pueblo para mostrar su diestra poderosa, su santo brazo, y rescatarnos de esa oscuridad alegrándonos con la luz de su salvación.

En la luz de Dios se regocija la persona humana; es bajo esa luz que se recupera la dignidad, es ahí donde se saborea el saberse amados, comprendidos, acogidos, aceptados y perdonados. Es la luz de Dios que nos conduce a la paz. Dejémonos guiar por esa luz, que es Cristo.

La Buena Nueva que el ángel del Señor anunció a los pastores es la que la Iglesia sigue anunciando al mundo.

“Hoy les ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Mesías, el Señor” (Lc 2, 11). Recibamos la salvación que nos trae. Dejémonos atrapar por la ternura de este infante que sobre el rústico pesebre nos sonríe y nos mira con amor, deseando, a través de la dulzura, conquistar nuestro corazón y así conducirnos a su reino admirable, reino de amor, de justicia y de paz.

La celebración anual de la Navidad es la oportunidad de volver a encender la llama de la esperanza en nuestras almas. No todo está perdido. Dios – está – con – nosotros, es el “Emmanuel” (Cfr. Is 7, 14; Mt 1, 22-23). “Y si Dios está a nuestro favor, ¿qué podrá estar en contra nuestra?” se preguntaba el Apóstol de los Gentiles (Cfr. Rm 8, 31)

Efectivamente, este niño que se nos ha dado tiene por nombre “Consejero admirable”, “Dios poderoso”, “Padre Sempiterno, “Príncipe de la paz”, leíamos en Isaías (Cfr. Is 9, 6).

Vayamos como los pastores y como los magos hacia Jesús, quedémonos junto a Él, como María y José. En Él encontraremos nuestra paz. Esta es la verdad que, a voz en cuello, pregona la Iglesia, desde hace dos milenios: Cristo es nuestra paz.

Quiero agradecer, junto a ustedes, al Señor por estos seis años y 5 meses de ministerio episcopal que Él me ha permitido ejercer en Acapulco. Quiero agradecer también a todos ustedes: presbiterio, religiosos, hermanas religiosas y fieles laicos, su cariño y su cercanía, su colaboración y su entusiasmo. De todos he recibido ejemplos edificantes de fe, de esperanza y de amor. El Señor les recompense y siga acompañando y bendiciendo con abundancia a esta iglesia.

Me siento igualmente alentado por la misión que juntos hemos realizado para reconstruir a las personas y a las comunidades atendiendo a las emergencias que nos ha tocado afrontar, tanto las naturales como las sociales, especialmente la más hiriente de la violencia y la inseguridad. No han sido tiempos fáciles, han sido días de oscuridad y tinieblas, pero, en medio de ellos ha brillado indefectible la luz de Cristo, nuestra esperanza.

Todos los creyentes hemos encendido, con valor y con generosidad, la luz de nuestras vidas y obras, para que actuando a través de nosotros el Señor triunfe una vez más. “No a nosotros Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria” (Cfr. Sal 115, 1).

 El nombre poderoso del Señor, cuya presencia inunda nuestras vidas, es nuestra fortaleza y nuestro baluarte. En Él hemos confiado. “Es bueno esperar en el Señor” (Cfr. Lam 3, 26) nos aleccionaba Jeremías, varón de sufrimientos y oprobios; pues “¿De dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra” pregonaba el salmista (Cfr. Sal 121, 1-2)

            También nosotros, en todas nuestras acciones pastorales hemos puesto nuestra confianza en el Señor. Todas las iniciativas para construir la paz han sido iniciadas en su nombre, implorando su bendición. Los Centros de Atención y Escucha a las Víctimas de la Violencia, las Comunidades de Autoayuda de Mujeres, las Escuelas de Perdón y Reconciliación, los Centros Jóvenes con Enfoque de Paz, las Familias Fuertes, el Colectivo “Guerrero es primero”, la red “Acapulco por la paz” y tantas otras son una muestra de que el Señor elige a los débiles e indefensos para mostrar su poder salvador.

En Morelia y Michoacán donde, primero Dios, iniciaré mi ministerio episcopal el próximo 18 de enero de 2017, también experimentan los embates de la cultura del egoísmo y la muerte, con muchas expresiones de violencia e inseguridad. Por eso pido al Señor su sabiduría y presencia para impulsar estas experiencias en aquel lugar y deseo, de todo corazón, que las mismas, y otras más que se sumen, continúen desarrollándose en ambas iglesias: Acapulco y Morelia. Unidos en la oración, en el cariño, en la Eucaristía y en la colaboración fraterna podemos continuar encendiendo, una a una, la luz de Cristo en las almas, hasta que la plenitud de su Reino sea una realidad.

Los cristianos, como los pastores de hace dos mil años, contemplando a Dios hecho hombre, nos sentimos impulsados a ir a nuestros “campos”, es decir a nuestros espacios de vida y acción, “alabando y bendiciendo a Dios” por todo cuanto hemos visto y oído según lo que se nos había anunciado (Cfr. Lc 2, 20)

¡Alegrémonos todos, regocijémonos en el Señor, porque su salvación ha llegado ya en este niño que se nos dado!

Deseo a todos una Navidad llena de serena paz y gozosa alegría. Deseo que el amor de Dios hecho hombre colme nuestros corazones de todo bien y que, solidarios con los más necesitados, podamos manifestar ese amor misericordioso a nuestros hermanos. ¡Felicidades!

En Cristo, nuestra paz

+ Carlos Garfias Merlos

Administrador Apostólico de Acapulco

Y Arzobispo Electo de Morelia

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