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Mensaje de Año Nuevo de Monseñor Carlos Garfias Merlos

Con gran alegría saludo a todos al inicio de este tiempo nuevo que Dios nos regala. Hago votos para que cada día de este Año 2017 esté colmado de paz y bienestar para todos.

Mis mejores deseos para las mujeres y los hombres con quienes, aunque no compartamos la misma fe, sí nos sabemos y sentimos unidos en nuestro deseo de fraternidad y de búsqueda comprometida de una sociedad más justa y en paz.

 Para los fieles cristianos en esta parte del mundo no podría iniciar de mejor manera el año que con esta Octava de Navidad que hoy celebramos. ¡Qué mejor pórtico de ingreso a las realidades venideras, a las expectativas, sueños y esperanzas del 2017 que éste! En efecto, es Cristo la puerta por la que se ingresa a la vida y a la salvación, como Él mismo nos ha enseñado: “Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo” (Jn 10, 9).

La Solemnidad de Santa María, Madre de Dios, nos hace entender que este niño que descansa entre sus brazos maternales es el Dios verdadero. El único, el todopoderoso, el dueño de cuanto existe, el Señor de la historia, el inefable e inabarcable, quien, sin embargo, se muestra pequeño en el regazo de María. ¡Qué Misterio tan abrumador y, al mismo tiempo, tan gozoso! Dios hecho hombre para que el hombre pueda tomar parte de la vida divina.

La Navidad, tiempo litúrgico que continuamos celebrando, implica necesariamente para el hombre y mujer que la acogen y la celebran una auténtica metanoia o cambio. Un cambio de mentalidad y de corazón tan profundo y radical que bien podríamos describir como un renacimiento.

Año Nuevo es tiempo de renacer, de transformarnos para bien, de superarnos como personas y como sociedad. Época, igualmente, para soñar con una realidad distinta y mejor que la actual. Sueño que empuja al compromiso y a la acción.

¿Qué don más preciado, qué anhelo más profundo, qué novedad más ansiada podrá estar en los corazones de todos nosotros que no sea la llegada de la paz?

En este 2017 que estamos comenzando soñemos, pidamos, construyamos la paz, seamos como nos dice el Papa Francisco, Artesanos de la paz.

Precisamente en este primer día del año se celebran, ya los 50 años de la Jornada Mundial por la Paz. El Papa Francisco nos invita, en su mensaje de este año, a conquistar la paz a través de la no violencia. Una sociedad nueva se construye a través de corazones no violentos. Corazones que han renunciado a la fuerza y a la agresión como métodos para superar las diferencias. La no violencia fue el camino que recorrió y nos enseñó Jesús, el Señor. Es la senda que grandes hombres de la historia han también transitado. La no violencia es, ahora, la propuesta que se nos hace a cada uno de nosotros para el año que comienza.

En un corazón no violento se hace presente la misericordia. Recién hemos celebrado en la Iglesia un Año Jubilar Extraordinario que marco en el rostro e identidad eclesiales, precisamente, la misericordia. La misericordia y la no violencia son los caminos que nos conducen a la paz.

Ahora que me preparo a iniciar una nueva etapa de mi ministerio pastoral, como Arzobispo de Morelia, sede de la cual tomaré posesión dentro de pocos días, quiero reiterar mi gratitud para con todos: en la iglesia de Acapulco he recibido afecto, cariño y amor. Me han brindado su amistad y me han abierto las puertas de sus corazones. Dios les premie por esas atenciones hacia mi persona. Aprovecho este momento también para ofrecer una disculpa y pedir perdón a quienes, de manera inconsciente, por omisión o por acción, ofendí. Sepan que, en mi corazón, no existe ningún malestar para con nadie. Pido a Dios que también en sus corazones se haga la paz. “Misericordiosos como el Padre” rezaba el lema del año de la misericordia. Les pido, con humildad y con sinceridad, que practiquen esa misericordia conmigo. ¡Y que sea el Señor quien se los premie!

Deseo, de igual forma, invitar a todos a retomar, con el ímpetu y el brío que nos da el tiempo nuevo que hoy comenzamos a vivir, las actividades apostólicas y pastorales en nuestras comunidades para que nuestras obras se correspondan con nuestras palabras cotidianas de la oración del Señor: ¡Venga tu Reino! Pidamos la plenitud del mismo y esforcémonos por hacerlo realidad en cada acto, en cada gesto y en cada palabra que pronunciemos.

Que Cristo, principio y fin del tiempo y del universo, nos ayude a ser sus auténticos discípulos y misioneros que pregonemos y construyamos la llegada de la paz. “¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, que trae buenas noticias, que anuncia la salvación!” decía el profeta Isaías (Is 52, 7). Que nuestros pasos sean los de ese personaje bíblico. Que apropiándonos de la oración del Poverello de Asís pidamos a Dios ser verdaderos instrumentos de su paz. Dando, perdonando, consolando, sirviendo, amando es como construiremos la paz.

Quiero hacer también un llamado a quienes han elegido el camino del egoísmo, de la avaricia, de la violencia, la destrucción y la muerte. Es tiempo nuevo, es tiempo de gracia. ¡Vuelvan a Dios! El es el Padre misericordioso que los espera para despojarlos amorosamente de los harapos del pecado y revestirlos con la gracia de su perdón y su paz. ¡Aún es tiempo! ¡Reconcíliense con Dios y con sus hermanos! Edifiquemos juntos una nueva sociedad; salgamos de la oscuridad de nuestras malas obras para entrar a la luz indefectible que emana de Cristo, el Señor, cuyo nacimiento nos otorga la esperanza y la paz.

¡Enhorabuena a todos por el Año Nuevo! ¡Muchas felicidades!

En Cristo, nuestra paz

   + Carlos Garfias Merlos

  Arzobispo de Acapulco

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